Aprender a amar
Luz y sombra en el camino hacia el ser interno

Por: Mtra. Ilse Kretzschmar

(Derechos reservados)
   2° Congreso Internacional
10° Encuentro nacional de la Psicoterapia Humanista en Puebla
Octubre de 2004

 

No importa quien seas
no importa cuál sea tu llamado,
tu también puedes ser un transformador de amor.
Puedes tocar un corazón
y muchos otros corazones que te esperan justo a ti,
almas que sólo responderían a la expresión particular de tu corazón. Cuando lo anterior se comprende
no hay nada más importante
que aumentar nuestra capacidad de amar. (1)

 

La búsqueda por el amor creo que es tan vieja como la humanidad. Desde que nacemos hasta que morimos el amor no es solamente el foco de la experiencia humana sino es también la fuerza vital de nuestro organismo, determina nuestro humor, influye en los ritmos de nuestro cuerpo y cambia la estructura de nuestra mente. El amor nos hace lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Muchas veces el corazón tiene la mayor sabiduría, lo que hoy en día la ciencia está empezando a comprobar. (2) El amor tanto en sus aspectos de amor paternal, de pareja como de conexión comunal y divina es la clave para llevar una vida realizada.
Veo íntimamente entrelazada el proceso de aprender a amar con el camino hacia nuestro ser interno y en este camino vamos a encontrar mucha luz y también mucha sombra.
Primero vamos a ver de donde partimos en este viaje hacia nuestro “ser verdadero”, hacia nuestra esencia, nuestro sitio interno desde donde emanamos amor, sabiduría y paz. Nuestro punto de partida en general es aquella parte de nosotros que llamamos yo o ego. Si hablamos de un yo sano y realizado pensamos generalmente en un ser humano que ha logrado algo: que es capaz, como adulto, de mostrarse valiente, de trabajar y de cuidar a su familia. Ahora es el adulto que a lo mejor como niño ha buscado llegar a ser, pero este ser o yo interno también tiene otro significado: si me preguntan cual es mi problema puedo decir, como hago para que mi ser más interno se haga un lugar y se exprese en el mundo. Me manifiesto por la familia y por la cultura en la que nací, la educación que recibí, he caminado en mi vida por múltiples condiciones que me marcaron buscando lograr lo que hoy es importante para mi y por otro lado, está dentro un núcleo que no es condicionado y bajo cualquier condicionamiento quisiera ser el mismo y expresarse desde su estado natural de ser.
En el trabajo que realizamos en la psicoterapia corporal integrativa, holística y especialmente en la Core Energética diferenciamos entre estos dos modos de ser: uno condicionado por el mundo, que llamamos el yo mundano, con su enmascaramiento del ego y otro que llamamos el yo incondicionado, el ser interno que es la manera en la que una vida trascendental está dentro de nosotros y quisiera manifestarse en el mundo a través de nosotros. Y cuando hablo así de fácil de este yo o ser interno que somos en el fondo, no parto de una fe religiosa y eso es muy importante aclararlo desde el principio, sino se basa en un contenido de experiencias,  experiencias muy específicas.
Estamos hoy en la historia del mundo por primera vez en un momento en el que mucha gente, sobre todo del mundo occidental, y muchas personas jóvenes empiezan a tomar en serio el contenido de experiencias que antes eran llamadas místicas y por parte de la teología y las ciencias naturales se descalificaron como “emocionales” o “irreales”. Hoy en día al inicio de un nuevo tiempo, toda esta dimensión “sobrenatural” o trascendental se está reconociendo cada vez más como la dimensión más verdadera, no como un asunto de fe sino como una cuestión de experiencia. Construimos nuestro trabajo sobre esta base de vivencias reales. Sobre este camino hacia el ser interno en donde siempre aparece luz y sombra, quisiera decir algo hoy. Todos queremos amar y ser amados, todos quisiéramos estar irradiando luz amorosa hacia nuestra pareja, nuestros padres, hijos, demás familiares, amistades y en general hacia la humanidad. Si somos creyentes queremos amar a Dios.
En todas las religiones, el amor a Dios y al prójimo y cómo amar son un tema principal. En la psicología, las psicoterapias actuales y en los diversos cursos y publicaciones de autoayuda también se gira alrededor de autoamor, del amor hacia el otro y cómo aprender a amar. Este congreso tiene como tema el amor. Y si miramos la realidad del mundo en el que vivimos es muy claro y muy obvio que en medio de la falta de valores en general y del aumento de violencia, lo que necesitamos desarrollar más es el amor. No es un asunto fácil, es muy complejo y es una tarea de toda la vida. El camino empieza en la niñez. Ya desde la primera infancia hay luz y sombra. Cada vez tenemos más conciencia de que tan decisivos son los primeros años de la vida y de que en esta etapa se colocan las bases de si una persona va a sufrir más y va a vivir más oscuridad de lo que realmente fuera necesario si solamente su infancia hubiese sido diferente. Ya desde los primeros años se cometen errores de base: uno es que no se le da al niño un espacio libre para desenvolverse, moverse, hacer lo que quiere, otro es que no se le comprende y un tercero es la falta de amor. El primero le quita al niño su peculiaridad, su carácter propio, sus impulsos no los pudo expresar suficientemente, se le frenaron demasiado. El niño que no es comprendido, tal vez es diferente a los hermanos, tiene una manera especial de vivir y al no respetar su particularidad le llega ya desde pequeño mucha oscuridad a su vida. Quizás tiene un ritmo más lento, tal vez es menos analítico o muy soñador, de alguna manera no “cabe” dentro de las expectativas familiares y se le exige y se le expulsa de su propia realidad y lo que es realmente perjudicador es la falta de amor.
En muchas ocasiones me han llegado pacientes diciendo algo así como. “he tenido una infancia muy difícil” y al preguntar entonces ¿Qué es lo que pasó? Contestan: “pues sí, mi madre no tenía tiempo, es que éramos muchos hijos o mi madre siempre estaba tan ocupada” y eso es algo que ocasiona algo muy difícil en el ser humano, si eso le pasa continuamente a un niño o en una situación en la que necesita mucho del calor de la madre y ella está muy ocupada en ese momento, saca su conclusión: “eso no me va a pasar otra vez, no la necesito” y posteriormente desarrolla un sufrimiento neurótico como expresión de efecto de una experiencia en la infancia que como adulto no quiere volver a vivir. Entonces  llega a ser tímido para tocar y ser tocado y desarrolla una exagerada autosuficiencia. Ya grande con mucho trabajo aprende en la terapia a volver a confiar, retomar el contacto, volver a amar.
Al irnos de la infancia a la pubertad observamos algo interesante. Hace un momento mencioné las dos maneras de ser: la mundana, la condicionada y otra fue la incondicionada lo que no se puede decir de otra manera que es lo trascendental dentro de nosotros. Y aquí quisiera reiterar que no estoy hablando de un dogma de alguna religión sino también de experiencias, se trata de vivencias amargas, dulces, serias, fuertes, cambiantes y cuando hablo del ser interno, de la esencia, del core a diferencia del yo mundano me refiero a como una vida trascendental está presente dentro de nosotros y como quisiera manifestarse a través de nosotros en el mundo. En él o la que realmente somos, pero que no puede salir así nada más. Lo importante en la vida posteriormente es tomarlo en serio cuando hayamos experimentado algo de lo otro, haberlo sentido. No podríamos hablar de esta esencia si no existieran vivencias particulares que reflejan lo misterioso dentro de nosotros. La pubertad es el tiempo en el que esta esencia entra en nuestra interioridad, es un tiempo de moverse, de soñar, de dar vuelo a la fantasía, a los adolescentes les molesta el tan aburrido mundo de los adultos, donde solamente hay que hacer algo, hay que producir, ser eficiente, mientras que el joven piensa que todavía existe algo diferente, hay que sentir, hay que entusiasmarse, es el tiempo del primer amor, aún lejano todavía. El joven se sorprende a veces de la vida de los adultos que es tan prosaico, sin sabor, sin emociones, sin algo que realmente mueva el corazón y este es el tiempo cuando surge por primera vez la esencia en la conciencia del ser humano. El joven o la joven fantasea, siente con mucha fuerza sus emociones, está sentado sencillamente soñando, escribe un diario; que feliz aquel experimentando algo así y que infeliz aquel que no lo ha podido hacer. Esta otra dimensión tiene algo sin límite, es nebulosa todavía, sin embargo este es el tiempo en el que la conciencia entra por primera vez en su atención, aunque lo divino está presente desde mucho antes. Por ejemplo, el niño pequeño vive experiencias sensoriales muy especiales. Me acuerdo de la belleza de las primeras flores en la primavera que brotaban donde todavía estaba la nieve en la tierra, del olor del mar cuando los vientos hicieron espolvorear el agua o haber sentido la textura del musgo debajo de mis manos. Las experiencias tenían algo único, especial, expansivo. El mundo estaba lleno de lo maravilloso, inexplicable y al mismo tiempo natural.
Sentir este contacto con lo trascendental y más aun darnos cuenta de que esta esencia está presente dentro de cada uno de nosotros es muy integrador. Y eso es lo decisivo: somos en nuestra esencia, en nuestro núcleo profundo, en nuestro core, una partícula de lo trascendental, de lo universal en la forma de un ser, de un yo determinado. Cada flor es en su semilla una expresión especial de este ser divino que –y esto es muy importante- empuja en cada entidad hacia una forma determinada.
El ser humano dice: busco a Dios, busco mí esencia y es más bien al revés; Dios está dentro de nosotros, nuestro núcleo divino está ahí, lo que tenemos que hacer es dejarnos encontrar por Él. Cada uno de nosotros es dentro de lo más profundo de nuestro ser esta esencia divina en una forma totalmente individual y única que empuja hacia su figura especifica. Si Cristo dijo “soy el camino, la verdad y la vida” eso podría decir cada uno de nosotros en relación a esta propia semilla. También la flor puede decir esto, nada más aquí hay una diferencia, la flor no pone resistencia al crecimiento, sencillamente es. Se le puede romper desde afuera, pero adentro corre sin trabas hacia su figura. Sin embargo el ser humano desarrolla una forma de conciencia desde la cual descubre su yo individual con su libre albedrío a diferencia de otras formas de vida y empieza a defenderlo y de alguna manera rompe el cordón umbilical con lo universal, divino. Lo corta hasta un punto, queda una noción más o menos presente de lo otro que con nostalgia y a través de mucho sufrimiento anhelamos de regreso. Desde el estar en el mundo buscamos nuestra esencia a través de experiencias de ser, queremos sentirlo, captarlo, vivirlo.

Dijo Leonardo da Vinci:
Alguna vez volaste,
caminas en la tierra
con tus ojos levantados hacia el cielo,
por que ahí has estado,
ahí anhelas regresar. (3)
Queremos ser sujeto, vivir como tal y no como objeto. Aceptarnos como somos.
En este contexto tenemos que ver el desarrollo de la luz y de la oscuridad en la vida humana. Por un lado se refiere lo oscuro a nuestro yo mundano, si no nos va bien, si tenemos “mala suerte”, nos sentimos perseguidos, no damos ni una, nos falta ánimo y autoestima. Hoy en día sabemos que mucho de lo que se vive como oscuridad tiene sus raíces psicológicas y que el ser humano desde su yo mundano está fijado por fuerzas de su sombra.
¿Qué es la sombra? La sombra que un árbol tira al suelo es la luz del sol en la forma de aquello que le impide llegar al piso. La sombra: una luz obstaculizada. La sombra en el ser humano es luz inhibida. Si tomamos como sombra un complejo paterno entonces la luz es aquello que habría estado ahí si la persona le hubiera podido decir a su padre su verdad, algo se hubiese iluminado. Cuando esto no se puede hacer, esta energía reprimida queda dentro de la persona, le impide realmente llegar a ser él mismo y así tenemos muchos asuntos desde la infancia que nos impiden llegar a ser un verdadero yo.
Algunas personas en búsqueda de ayuda terapéutica me han contestado a la pregunta ¿Qué es lo que los trajo a la terapia? “Quiero ser yo” y cuando he preguntado ¿A que te refieres cuando dices esto? Dijeron: “No sé, pero así como estoy ahora, no lo quiero más.” Por otro lado hoy en día se habla en ciertos círculos de trabajo psico-espiritual que hay que dejar caer el yo, de eliminar el ego pero veo que hay demasiada gente que todavía no ha ni construido un yo y cuyas experiencias oscuras tienen que ver con que no se atreven a estar como un yo en el mundo, que tienen miedo de autoafirmarse, de defenderse, de pegar alguna vez o tener un ataque de rabia; son contenidos y la oscuridad que viene de la represión interna, entonces se trabaja en el psicoanálisis y/o en la psicoterapia en donde se busca reconectar con su fuerza que estaba obstruida. Luz y sombra dependen de cómo el ser humano puede desenvolverse desde sus fuerzas naturales y desde ahí construir su vida. Además llegan momentos o etapas oscuras a este yo mundano como pérdidas de gente querida, enfermedades, fracasos y estos son momentos difíciles para el yo mundano que quiere estar bien, eficiente, reconocido, capaz en lo que se siente llamado en su trabajo, en su familia. Pero hay algo más: ahí llega el hombre a la terapia que dice “tengo una buena familia, tengo casa, tengo mi profesión pero me siento infeliz”. Y se da cuenta que nunca se ha ocupado de él mismo, que dentro de él existe esta otra realidad esperando ser tomada en cuenta. A lo mejor llega a entender que no solamente existe su yo mundano sino también algo que llamamos, ser, esencia, el modo en como una realidad superior está presente dentro de nosotros y a través de nosotros quisiera salir al mundo, estar en el, y eso es de lo que se trata si realmente queremos ir hacia el ser interno. El yo puede estar sano, éticamente bien parado, con moral, dispuesto a morir por sus amigos, por su tierra y todavía no es la persona que desde su origen es.
Lo que digo quizá a algunos les suena como algo nuevo, pero en el fondo cada uno tiene momentos de contacto interno profundo, de experiencias fugaces de ser, de amor incondicional, de un bienestar absoluto sin mayores estímulos externos, momentos mágicos sin gran cosa.
La palabra ser interno, esencia, núcleo, core, gana su justificación de estar en estas experiencias por que se trata de algo real, alcanzable, es un realismo trascendental; y con eso empieza un tiempo nuevo para cada uno a quien se le aclara eso, de ahí es de donde se tiene que conectar y entonces luz y sombra adquieren otro significado de cómo lo ve el yo mundano. Siguen estando ahí, no desaparecen, tampoco desaparece el yo mundano, es lo primero, pero también está lo otro, esa esencia desde donde y en relación a ella luz y sombra adquieren otra dimensión. Luz vista desde la esencia significa un momento de experiencia, de lo trascendental, de amor universal, lo que somos dentro de nuestro núcleo, no lo tenemos sino que lo somos. Una vivencia de esta índole es realmente el nacer de una conciencia nueva. Es el punto de partida hacia un camino nuevo, hacia la transformación en donde llegas a ser aquello que realmente se puede llamar persona, que está en el mundo y deja ver algo en lo que es y en lo que actúa y que da testimonio del más allá en el mundo. ¿Qué podemos hacer para llegar a encontrar este sentido de la vida cada uno en su camino tan particular? Existen muchas escuelas psicológicas, religiones y  prácticas espirituales a seguir. Cada quien tiene que dejarse llevar por su guíanza interna, su trasfondo educacional y cultural y sus necesidades personales.
Desde mi propia experiencia de vida llegué a un punto a los 33 años donde entendí a través de una enfermedad grave, que vivir era crecer internamente o morir literalmente. Más bien no sentí opción, era crecer, comprender, ir al fondo de las cosas, responsabilizarme concientemente de este regalo de la vida, vivirlo y buscar el sentido de salud-enfermedad, amor-odio, luz y sombra. Busqué en muchos lugares y me encontré con excelentes terapeutas, maestros, valientes compañeros de camino, con una sombra interna enorme, con resistencias casi insuperables, con muchos demonios internos y paulatinamente empecé a sanar físicamente y en los demás aspectos. Estudié diversos métodos psicoterapéuticos y espirituales. Pienso que no hay un camino único sino varios, me considero ecléctica viendo los distintos procesos de crecimiento como partes de un todo que es el camino de cada persona. Me identifico con la visión de Claudio Naranjo cuando habla de que un mosaico de terapias es lo que ayuda por que diferentes maneras de acercarse al ser humano con sus diversas técnicas nos tocan distintas partes a nosotros.
Estoy convencida, y parto de mi experiencia tanto personal como profesional de que una psicoterapia tiene más posibilidad de éxito si incluye en su trabajo todos los niveles de la personalidad y no solamente emoción-mente o cuerpo-mente sino el cuerpo, las emociones, la mente, la voluntad y la espiritualidad. ¿Cómo podemos aprender a amar, abrirnos más hacia nuestra luz interna y darle la mano a otros seres que buscan ayuda con nosotros?
Aquí quiero introducir el trabajo de la core energética, un método neoreichiano holístico, que pone énfasis en un proceso equilibrado de trabajo con el cuerpo, con las emociones, con la mente, con la voluntad y con el espíritu. Su creador John Pierrakos, un hombre de origen griego, psiquiatra en Nueva York que falleció en el 2001, había sido primero paciente y luego discípulo de Wilhelm Reich. Reich a su vez había sido paciente y discípulo de Freud y provocó una gran controversia entre los psicoanalistas al declarar las neurosis en términos de una sexualidad bloqueada en relación a una sexualidad sana con el orgasmo total que definía la salud mental de una persona. Además rompió con el tabú de tocar a un paciente y empezó a trabajar directamente con el cuerpo.
Junto con el colega y codiscípulo de Reich, Alexander Lowen, también psiquiatra, Pierrakos desarrolló la bioenergética de la cual se desprendió la core energética. En la core energética buscamos acompañar al ser humano a que se conecte con su ser interno, con su núcleo interno, con su core, con su parte amorosa, sabia, de inteligencia natural, integra, conciente de si mismo y de su relación con lo divino. (4)(5)
La base para iniciar este camino por la luz y por la sombra es el trabajo con el cuerpo. Sobre esta preferencia no tengo ni la menor duda en la mayoría de los casos. Lo que sucede en la mente o en el alma tiene una vivencia corporal al mismo instante. Amo o quiero a un hombre, a los hijos, nietos, amigos y siento amor por la gente con la que me encuentro o por la gente de la calle. Son experiencias que hacen vibrar al organismo, el corazón late más fuerte, viene una sonrisa, la mirada se suaviza, la voz se profundiza y múltiples expresiones corporales dan las señales energéticas de lo que siento. Por el contrario si estoy deprimida, los ojos se opacan, la voz suena sin tono, la respiración baja a un mínimo, el pecho se encoge y así sucesivamente, las distintas emociones se manifiestan a través del cuerpo o están congeladas en él y ya no hay expresión. Por lo tanto energetizamos el  cuerpo, lo movemos, respiramos, nos expresamos en posturas, gestos, bailes, utilizamos las manos colocados sobre el cuerpo, exploramos cada opción con la cual una persona inhibida, agresiva, angustiada, tímida o cual sea su actitud y comportamiento neurótico pueda empezar a soltarse, fortalecerse, contactarse con su verdad corporal. ¿Por qué no respiro bien? ¿Por qué no siento el piso debajo de mis pies? ¿Por qué me duele la panza aun cuando como bien? ¿Por qué me da pena cuando alguien me abraza? Estas preguntas y muchas más surgen y poco a poco la conciencia entra a la vivencia corporal y a su expresión energética. Se trata de pararnos bien sobre esta tierra. Poner los pies en el piso. Arraigarnos en esta realidad de vivir el presente en contacto con nosotros mismos y con los demás. Somos un cuerpo en esta vida, entre cielo y tierra.
La segunda esfera del trabajo: las emociones, los sentimientos. Es mucho más fácil movilizarlos y reconectarlos con su verdad en un cuerpo en el cual lo tieso y duro de las tensiones empieza a derretirse. Y aquí en el nivel del trabajo emocional-corporal es donde la persona regresa a los momentos de sus heridas infantiles: recuerda y revive las frustraciones, las humillaciones, las burlas, las ignorancias, el no haberse sentido visto, escuchado, tocado, tomado en cuenta. Se reabren las heridas, se expresan las emociones que en aquel tiempo no pudieron manifestarse por el miedo al rechazo, por perder el cariño de la madre o el padre o por necesidad de no perder lo poco que tal vez había. El terapeuta contiene a la persona, la acompaña y le da comprensión y aceptación dentro de la vivencia de estos sentimientos muy difíciles de asumir y de integrar. En estos momentos el yo adulto, mundano, enmascarado puede caerse como los pedazos de un rompecabezas, que paulatinamente en el transcurso de un proceso terapéutico core energético encuentran nuevas conexiones, a lo mejor regresan al mismo lugar con una nueva conciencia o se reubican tomando nuevas opciones. Son momentos de profundo dolor en cualquier persona de sentir su realidad tal cual como era y como es sin colorearla, sin encubrirla o sin disculparla.
Aquí quiero introducir un término de la core energética al que hacemos un énfasis muy particular en el trabajo, que es el ser inferior. (6)(7) El niño pequeño fuertemente regañado por su madre tiene una reacción natural de protesta, un “no” un “no quiero” o “déjame”. La madre sostiene su postura o se enoja más y el niño entra en una expresión de rabia con todo su cuerpo y le grita “te odio”, lo que con seguridad es todavía más rechazado que un simple “no”. Ahí está la expresión de su ser inferior, nuestra parte que quiere destruir en un impulso de acabar con lo que nos lastima, estorba o molesta. Permitimos y animamos a la persona en un proceso core a reconectarse con esta fuerza natural de su ser inferior, con lo más cruel, con sus emociones más negativas que pertenecen a esta parte demoníaca dentro de nosotros que quiere deshacer, que quiere sobrevivir a cualquier precio, que quiere salirse con la suya, que quiere dañar, que es capaz de matar. No solamente la miramos sino la energétizamos dramáticamente, le damos su expresión vital, la sacamos totalmente a la a luz, la asumimos y nos responsabilizamos de ella.
Hace muchos años me dijo un muy querido amigo y sabio compañero de camino en una caminata en la sierra: “asume tu odio, ahí está tu fuerza”. “No” le contesté “en el amor está mi fuerza”. Él se rió y me dijo “mientras que pones esa cara tan linda e hipócrita tapando tu pasión, tu odio, tu rencor y tu ira, no te creo nada”. Me empecé a enfurecer con él y poco a poco salieron gritos, aventé piedras, rompí palos que representaron personas en mi vida, di patadas y saque palabras de odio contra aquellas figuras que le transfería a él. Al final me senté en una piedra a llorar profundamente y luego  no paraba de reír, me liberaba de pesos que había cargado toda mi vida. Me sentí revitalizada, con fuerza interna, con suavidad, algo cansada pero con una pulsación interna de estar muy viva y muy contenta. Me dijo “ahora creo más en tu amor”.
En el camino hacía nuestro ser interno es indispensable trabajar reiteradamente con nuestra propia negatividad. Que fácil es ver la del otro y que difícil es asumir la propia. Para ascender hay que descender primero. Para llegar al cielo hay que cruzar el infierno como lo expresa Dante en La comedia divina y como lo han contado todos los pueblos en sus mitos y sagas de todos los tiempos.
Al reubicarse en su potencial destructivo, al haber dejado salir energéticamente todas las atrocidades y negatividades de las que cada quien es capaz, en un contexto de contención, de comprensión y de empatía la persona con mucha naturalidad entra en el dolor de su herida y en sus impulsos originales los que no pudo expresar en aquel tiempo. El impulso más profundo que aparece es el movimiento amoroso hacia los padres, al reconectarse con el deseo de amar y de ser amado se abre el camino hacia el amor.
Un aspecto que nos facilita y ayuda a reconocer, abrir, penetrar, disolver, la mascara del yo mundano es el conocimiento de las estructuras caracterológicas en parte ya señaladas por Reich, detalladamente determinadas por Lowen y Pierrakos y ampliadas por Johnson. (8) Como el carácter es el conjunto de las defensas emocionales, de los bloqueos y de las corazas físicas más las creencias o fijaciones mentales, su estudio nos da indicaciones sobre que métodos y técnicas son las adecuadas para el trabajo con una persona y cual será la manera, el ritmo, el momento, etc. en su aplicación.
También el estudio del eneagrama, una caracterología muy antigua basada principalmente en los siete pecados capitales es una excelente herramienta para diagnosticar y decidir por donde trabajar.
Entre algunos terapeutas de la psicología humanista noto un cierto rechazo al reconocimiento de las caracterologías por el miedo de “etiquetar” a una persona. Yo las veo muy útiles por que dejan ver claramente cuales son los asuntos psicodinámicos relevantes a atender y proyectan mucha luz sobre el proceso a seguir.
Ahora bien después de mirar los procesos corporal-emocionales vamos a ver la esfera mental. Aquí trabajamos con las imágenes, con las creencias internas, las fijaciones mentales, las conclusiones infantiles acerca de una o varias experiencias vividas, que se nos han sido incrustadas en la mente y que sostienen las emociones equivocadas. Si la experiencia emocional del niño fue: “haga lo que haga, no es suficiente” la mente lo generaliza en “no soy suficiente, no me quieren como soy”. Más delante de adulto la mente no registra la verdad del presente sino que parte de una conclusión tomada hace muchos años. Para pasar por una vivencia regresiva a nivel emocional-corporal la razón tiene que entender que es lo que está pasando, que pasó en el pasado y como me ha afectado esto hasta ahora y cual es mi nueva conclusión en el presente. La conciencia lleva luz a la oscuridad de un trauma infantil y ayuda en la integración del mismo.
En el área de la voluntad se trabaja por un lado con la voluntad externa con este empuje que a algunas personas les lleva al voluntarismo. “A mi manera” es una frase típica del voluntarioso. Por otro lado están las personas demasiado tímidas que no se atreven a levantar la voz y no saben defenderse. Les falta conectarse con su voluntad. Al aprender a equilibrar la voluntad, buscamos el contacto con la voluntad interna, la voluntad del corazón, que es firme al desear algo sin embargo no fuerza las cosas, no empuja. Se entrega y sabe recibir y aceptar las cosas como son.
Cuando hablamos del amor y como aprender a amar pensamos en emociones, en grandes sentimientos, en pasión, pero en realidad nos referimos más al enamoramiento con el que puede empezar una historia del amor.
Existen intentos de explicar la naturaleza del amor, el amor se ha dividido en eros, filia,  ágape, amor perfecto e imperfecto, etc. aunque la naturaleza mística del amor se escapa a una definición única.
En lo que quisiera hacer hincapié es la conexión de la voluntad interna con el amor. Es el deseo de suficiente intensidad que se traduce a la acción y amor es un acto de voluntad, es intención y acción; voluntad también implica elección. No tenemos que amar, lo escogemos. La experiencia de enamorarnos nos llega, ahí está Eros con su flecha, sin embargo de que si respondo a la experiencia y como respondo, lo escojo.
John Pierrakos dijo una vez “amar es ver la realidad del otro”; no la vemos cuando nuestra voluntad externa o nuestro pequeño yo mundano quisiera arreglarse las cosas a su gusto. (9) Otro acercamiento de definir el amor que me gusta viene de M. Scott Peck y dice que “el amor es la voluntad de extender el ser de uno mismo con el propósito de nutrir el crecimiento espiritual de uno mismo o de otro”. (10)
Ahí hay un esfuerzo, una disciplina, una convicción de poner el amor encima de nuestros pequeños y grandes egoísmos. No como un dogma, un postulado, no, el amor y las demás virtudes tienen más posibilidades de arraigarse en el ser si surgen a través del trabajo psico-corporal-mental-espiritual en donde se permite un revelarse paulatinamente, descubrirse uno en todos sus lados negativos y positivos, un dejarse ver en su verdad.
Como esfera última en esta pirámide de la personalidad está el espíritu que nos habita y está esperando que los demás niveles se esclarezcan, se abran, se hagan más permeables para que el ser espiritual, nuestro núcleo más interno pueda surgir y manifestarse en todo lo que somos en cuerpo, emoción, mente y voluntad.(11)
No es un estado al que llegamos solamente al final del camino. A la medida en que cuerpo y psique o cuerpo y alma se hacen mas transparentes la luz del espíritu penetra cada vez más al organismo. La energía cuando pierde lo denso, lo impenetrable, lo duro y estancando empieza a vibrar y a pulsar en todas las células del cuerpo, nos llena de bienestar y placer. Amar y crecer se abrazan en la evolución humana.
¿Hay milagros en este camino? Sí, hay milagros pero generalmente son “milagros del trabajo duro” (12) como dijo el reconocido terapeuta Stephen M. Johnson.
Trabajamos con las dimensiones de la energía y de la conciencia con el fin de desarmar y transformar el sistema de defensa individual de la máscara del ego y del ser inferior, para llegar a conectarnos con nuestro ser superior, nuestro nivel de valores humanos-espirituales. Al anclarnos cada vez más en esta esfera de amor, sabiduría y paz nos da también la fuerza de mirar, sacar a la luz, energetizar y reconocer nuestro ser inferior, nuestra ignorancia, nuestras mentiras, nuestra destructividad, nuestra parte maligna. Nos responsabilizamos de ella y aprendemos paulatinamente a traerla de su escondite para quitarle poder a la luz del día y que su energía contenida se pueda liberar en el flujo de la vida. El organismo se purifica y la conciencia se expande. El ser espiritual puede empezar a expresarse más a través de la energía vital de nuestro cuerpo. El amor no está afuera, está y ha estado dentro de cada uno, encerrado en muchos casos distorsionado, en otros negado, falsificado o intimidado. Para que pueda salir a la luz removemos los obstáculos y trabajamos con la intención positiva, con la experiencia de placer. No en el sentido de una psicología que busca la “funcionalidad” de la persona sino de una psicología que afecta y abre el camino al propio ser de una manera arraigada, conectada con el presente y la realidad del individuo. La psicoterapia muchas veces ha enfatizado la deficiencia. La sabiduría de la core energética enfatiza en nuestra verdadera naturaleza en donde tenemos todo lo que necesitamos para sanar y para amar. (13)
Tampoco nos vamos a ir al otro extremo de la “practicidad mundana” que seria la búsqueda espiritual desconectada de la vida relacionada con los demás. Hace poco leí un libro llamado “Baba Om, una Odisea Mística” de Tom Heckel en donde el autor relata su largo y extraordinario peregrinaje por varios países asiáticos, principalmente por la India, en paralelo a un viaje profundo interior que lo lleva a experiencias místicas y a encontrarse con lo divino. Al final de este camino peligroso que enfrenta con valor y decisión, se encuentra solo en una cueva entre vida y muerte y en un último intento de decidir hacia que lado inclinarse aparece una voz de conciencia diciéndole que la vida tal como la rechaza ahora puede tener algún valor mayor del que previamente le había atribuido: “el valor podría muy bien hallarse en lo que tienes para compartir con los demás y no en lo que esperas lograr para ti mismo”. Eligio la vida y el amor. (14)
Para amar tanto a nosotros mismos como a los demás necesitamos sanar la separación de nosotros mismos. Al permitir que las emociones guardadas y llamadas negativas: la rabia, el enojo, la ira, el odio, la tristeza, la impotencia, el miedo y las heridas se abren, abren una puerta hacia nuestro corazón. Somos mucho más que nuestras emociones y pensamientos negativos. Esta puerta en el corazón se abre hacia todas nuestras potencialidades. Al quedarse con la apertura y continuar con un proceso todas las potencialidades perdidas van a surgir. En la infancia nos separamos de nuestra propia experiencia del amor y es nuestra herida más grande. No hay sanación de esta herida si no se reabre, se trabaja y se integre la experiencia. Cada vez que nos permitimos poner atención con amor y compasión hacia lo que está surgiendo dentro de nosotros, con apertura y comprensión sanamos hacia nuestra natural totalidad unificándonos en nuestra vulnerabilidad. No hay un fin, el camino es el fin. No hay que buscar la luz afuera, nuestra esencia nos recibe desde nuestro núcleo. La puerta hacia el amor se abre hacia dentro. Ahí es donde hay que dejarse encontrar.

 

Bibliografía

  1. Heckel, Tom, Baba Om, Una odisea mística. Ed. Ediciones La Llave, Vitoria–Gasteiz 2004 (14)

  2.  Johnson, Stephen M. Charácter Styles, Norton 1994 (8)(12)

  3. Lewis, Thomas. Amini, Fari. Lannon, Richard, A General Theory of Love. Ed. Vintage, N.Y. 2001 (2)

  4. Lowen, Alexander, Bioenergética. Ed. Diana, México 1991 (4)

  5. Peck, M. Scott, The Road Less Traveled. Ed. Touchstone, N.Y. 1978 (10)
  6. Pierrakos, Eva. Donovan Thesenga, No temas el mal. Ed. Pax, México 1994 (7)

  7. Pierrakos, John C., Core Energetics – Developing the Capacity to Love and Heal, Life Rhythm. Mendocino 1986 (5)(9)(11)(13)

  8. Prophet E. y P. Spadoro, Alquimia del corazón. Ed. Alamah, México 2002 (1)(3)

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