¿Qué es lo que nos sana?
-Psicoterapia y meditación-
Ilse Kretzschmar
Directora del Centro Yollocalli y del Instituto de Core Energética de México
Coordinadora del SAT en México
(Derechos reservados)
Publicado en Revista Tiempo presente
Julio 2007
Occidente y oriente en acercamiento
Desde el siglo pasado el mundo occidental y oriental han entrado en un intercambio más intenso en relación a las ideas psicológico-mentales científicas, que son más de dominio occidental y las visiones espirituales que tienen una antigua tradición entre los orientales.
Por un lado su santidad el Dalai Lama se ha reunido en varias ocasiones con científicos del mundo occidental para hablar acerca del tema de la meditación, un sinnúmero de personas occidentales han viajado a la India, al Tibet y otros países orientales en búsqueda de la enseñanza y de la realización. Por otro lado se puede estudiar psicología occidental en sus diferentes áreas también en diversas universidades reconocidas del oriente.
La dimensión psicológica y espiritual en el crecimiento interior
Nos podríamos preguntar ¿Necesito todavía la psicoterapia si he encontrado un camino espiritual? ¿La meditación me sana también psíquicamente? O bien podríamos voltear las preguntas: ¿Para qué me sirve la religión o un camino espiritual si tengo un buen psicoterapeuta y trabajo en mis asuntos neuróticos? En los dos sistemas de referencia –espiritualidad y psicoterapia– se busca sanar las heridas existenciales del ser humano que es motivado para crecer por su anhelo profundo de la búsqueda del sentido de su vida para llegar hacia una mayor profundidad y autenticidad individual y hacia la unión interna con lo divino o lo transpersonal.
Hoy en día dentro del contexto terapéutico humanista se usa más la palabra espiritualidad, refiriéndose con ella a la parte “interna” inspirada y personal de la religión y menos a dogmas y ritos establecidos. En este tema primario del ser humano por superar y transformar estructuras inhibidoras y mecanizadas del ego, de liberarse de hábitos robóticos, de falsedades, de enmascaramientos, de tensiones y bloqueos somáticos, de encontrar mayor satisfacción y más logros internos y externos en la vida personal, se encuentran y se tocan la espiritualidad y la terapia, se complementan, se esclarecen y se compenetran. En mi práctica de psicoterapeuta me he encontrado con el hombre que había hecho meditación Zen durante quince años de manera muy comprometida y que buscaba finalmente alivio para una serie de problemas psicosomáticos personales y asuntos interpersonales en la terapia. De la misma forma he visto a la mujer que después de muchos años de psicoanálisis y de diversas terapias de grupo no había encontrado ni paz en su alma ni lucidez en su espíritu a través del proceso terapéutico. De ejemplos parecidos podría citar muchos que demuestren como en ocasiones un solo camino no tiene todas las soluciones.
Si miro en el presente y en retrospectiva mi propio camino de búsqueda interna, ha sido un abrirme y compenetrarme tanto de psicoterapias en las cuales se ha tocado la problemática personal como de la dimensión trascendental en las enseñanzas espirituales con la meditación como camino de práctica. Estoy de acuerdo con el cura católico y monje benedictino, Anselm Grün cuando postula que “el saber espiritual debe conectarse hoy en día con el conocimiento psicológico”. Quien acompaña al ser humano espiritualmente sin un saber psicológico profundo lo puede llevar hacia ideales y caminos enfermizos por no descubrir y atender problemas a tiempo como rasgos patológicos, neurosis, heridas internas o imágenes falsas (1).
En este sentido la psicología puede tener una especie de función crítica acerca de la religión, de lo “transpersonal” o “espiritual”, sin olvidar que no debe ser la última instancia ni para la fe ni para experiencias místicas. La psicología y la psicoterapia en su aplicación práctica nos ayudan a comprendernos dentro de nuestras motivaciones, en reabrir y sanar nuestras heridas así como concientizarnos de nuestra existencia y realidad. Nos sensibilizan para el crecimiento espiritual al abrirnos las puertas del inconciente y de un entendimiento más profundo acerca de quienes somos en cuerpo y alma. Si emprendemos un camino espiritual la fe y/o la creciente concientización nos ayudan a encontrar el sentido de nuestra vida. Sin embargo si no miramos y trabajamos a fondo la propia realidad con sus lados oscuros, la sombra, el ser inferior caeremos en una espiritualidad desarraigada, falsa e idealizada que no permite un encuentro verdadero con nosotros mismos con lo divino o lo trascendental. Esto no quiere decir que la meta de lo espiritual sea en primer lugar la salud psíquica individual sino que es la apertura hacia lo trascendental, hacia la realización o hacia Dios y la satisfacción de nuestro anhelo de él o de la verdad última. ¿Qué es lo que ha llamado tanto la atención de numerosas personas de nuestras culturas occidentales para interesarse en las enseñanzas orientales como el budismo o el hinduismo en sus múltiples formas de expresión, sobre todo la meditación? Pienso que después de la segunda guerra mundial las formas religiosas cristianas convencionales y pasadas nos transmitían costumbres y dogmas sin vida y vivacidad verdadera en nuestro presente. No nos llamaba la atención someternos a normas establecidas sino más bien buscar experiencias auténticas que nos iban a llevar hacia una mayor liberación interior. Lo encontramos tanto en la diversidad de las psicoterapias del movimiento del desarrollo humano (human potentional movement) y en las prácticas de la meditación, en la cual no se trata únicamente de pensar y reflexionar sino del puro estar en el momento, de un camino hacia el centro interno. En los años sesenta y setenta se comenzó a hablar de la “escena psicoespiritual”, de la nueva era, del “new age” que en medio de sus diversas superficialidades consumistas (“liberación garantizada en un fin de semana”) fue un tiempo de partida y de dar luz a una “espiritualización de la psicoterapia” que bien puede haber constituido la raíz principal de ese fenómeno geo-cultural que es el presente encuentro Este-Oeste (2), como lo dice Claudio Naranjo. Resalta que “se volvieron evidentes las implicaciones éticas de la psicoterapia y luego los aspectos espirituales del proceso se hicieron lo bastante obvios para que muchos estén hoy convencidos de que las dimensiones psicológica y espiritual del crecimiento interior son dos factores de un solo y mismo hecho” (3).
El entendimiento teórico de su interrelación
El trabajo psicológico se dirige más a las esferas del sentido personal de la verdad relativa del mundo humano: asuntos intrapsíquicos y de las relaciones interpersonales, ayuda a revelar y a desarmar estructuras condicionadas caracterológicas, armaduras corporal-emocionales e identificaciones mentales distorsionadas de las cuales queda enredada nuestra conciencia.
La práctica espiritual sobre todo la mística mira más allá de nuestros enmascaramientos robótico-neuróticos hacia la trascendencia, la realización directa con lo absoluto ve más allá de toda forma, se enfoca hacia lo que no tiene tiempo, el vacío, lo verdadero, lo infinito, lo que esta en el origen, en la raíz de la existencia humana. La psicoterapia, sobre todo una terapia integrativa, holística tiene mucho poder en descubrir áreas ciegas, trabajar asuntos estancados del pasado, confrontar viejos miedos y culpas así como facilitar que el individuo se abra hacia si mismo y hacia los demás de una manera más clara y arraigada. Este mismo enraizamiento en el cuerpo, en la realidad lleva hacia un contacto interno y externo más profundo y de la misma forma ayuda a aproximar una práctica espiritual con la mente más despejada y menos obstruida por motivaciones psicológicas inconscientes. A su vez la práctica espiritual nos llama a una liberación de la conciencia de sus condicionamientos psíquicos y sociales, hacia la transformación, hacia el servicio y hacia una comunicación más espontánea. Aquí no se cuenta con el espacio suficiente para poder analizar más a fondo las diferencias en los factores histórico culturales orientales y occidentales que han facilitado la creación en el mundo oriental de las grandes tradiciones espirituales basadas en la meditación y en menos individualismo, y en el mundo occidental donde se han desarrollado las ciencias y la psicología y el enfocarse menos hacia nuestra naturaleza absoluta y verdadera (4). Pienso que es indispensable desde nuestra cultura y educación tomar en cuenta el trabajo terapéutico con nuestros aspectos de sombra, de oscuridad si queremos llegar al silencio interno, al despertar en el camino tan complejo de una verdadera apertura interna (5). Los aspectos de personalidad con nuestras heridas infantiles no son una parte diferente “inferior” en el proceso psicoespiritual del desarrollo interno sino una esfera integrada a nuestra realidad de ser humano, lo que somos “entre el cielo y la tierra”(6) como lo expresa Dürckheim. Si descuidamos el llevar nuestra atención hacia asuntos de nuestra vida como intimidad, sexualidad, angustias, fobias, obsesiones, carrera profesional, comunicación, interrelaciones, etc., podemos inclusive usar la meditación en el mal sentido de reprimir o evitar nuestras emociones y excluir áreas de nuestra alma y nuestro cuerpo de un crecimiento verdadero en el cual se trata de mirar nuestra vida y nuestro anhelo espiritual como un todo.
Su aplicación práctica en el camino del crecimiento interno y en la formación de terapeutas
El ámbito de la meditación, entendiéndola como propone Claudio Naranjo “como un fenómeno mental multifacético que entraña una suspensión del ego o una comprensión de su ilusoriedad” (7), involucra procesos tanto psicológicos como trascendentales en el camino hacia la realización del ser en su aplicación práctica en el proceso transformativo y en la formación de los terapeutas. Naranjo ha desarrollado prácticas interpersonales de meditación que son un puente entre la tradicional meditación y ejercicios terapéuticos, cuya idea central es: como estar con otra persona y mantenerse y actuar desde aquel estado mental, de estar centrado, desde la concentración original espontánea que hemos ganado (8). Esto algunas veces se puede dar de manera muy natural sin embargo en muchas ocasiones es difícil sostenerlo en la vida cotidiana diaria. Así es que, practicar la meditación en frente de otra persona y parcialmente incluirla en la práctica ayuda para desarrollar la aceptación, el valor, la compasión, la vulnerabilidad, el propio arraigo, la veracidad y la tolerancia entre otras virtudes. Se trata de conectarse con la energía universal, de reconocerla y percibirla dentro de uno mismo y en el otro. El ser total está realmente expuesto: qué es lo que transmito energéticamente, desde mi inconciente, desde mi conciencia, cómo recibo lo que la otra persona está emanando, cómo integro las sensaciones, emociones y pensamientos que surgen en la experiencia meditativa. Todas estas prácticas incluyen compartir las experiencias, dar retroalimentación honesta al compañero e integrar el proceso de aprendizaje de manera conjunta (8).La meditación en si y en especial las meditaciones interpersonales son de enorme beneficio para la formación de terapeutas. Hace años, después de un primer retiro espiritual y de regreso a mi práctica terapéutica cotidiana sentí una claridad nueva, un darme cuenta mas profundo, una aceptación mayor de la realidad y una paz interna hasta entonces poco conocida. A través de las meditaciones interpersonales he observado tanto en otros terapeutas como en mi misma mayor presencia amorosa, una autoaceptación más sólida, mejor capacidad de espejear, de tolerar y de confrontar a la vez así como un flujo energético interpersonal más natural. Al confrontarse, mirarse y entrar en contacto como parte de un proceso de meditación tampoco favorece “compensar espiritualmente” sino que facilita la actitud interna de la aceptación, abrirse tanto hacia nuestras carencias y necesidades y hacia las limitaciones que encontramos en la vida. El aceptarnos con todo lo que somos prepara cada vez más el camino hacia el silencio interno. A su vez el testigo que mira lo que sucede internamente al meditar se abre espacio cada día en el quehacer de la vida cotidiana con una atención evidente de una actitud meditativa que llega a ser cada vez más natural. Las cuestiones espirituales o transpersonales son una parte natural de nuestra vida igual que la expresión emocional amorosa. Somos un todo y tenemos un desarrollo dinámico mientras estemos vivos.
Necesitamos guianza en los procesos de transformación tanto en el nivel psíquico hacia “la cura o reeducación emocional” (es decir, el reestablecimiento de nuestra capacidad amorosa) que no es separable de la realización espiritual e indispensable en el gran viaje del alma (10).
El proceso de la psicoterapia y el camino espiritual no son excluyentes ni antagónicos. Se complementan, se retroalimentan y se facilitan mutuamente siempre y cuando haya apertura, curiosidad y voluntad interna de conocer, comprender y compenetrar los distintos enfoques para encaminarnos hacia una vida más plena, amorosa y aceptativa.
Bibliografía:
Dürckheim, Karlfried Graf. El hombre y su doble origen. Ed. Cuatro Vientos, Santiago1982.
(5) (6)
Grün, Anselm Warum ein gesunder Glaube die Psychologie braucht -ein Interview- (porque una fe sana necesita la psicología –una entrevista-) extraído de:
Jelouschek und andere. Was heilt uus? Zwischen Spiritualität und Therapie (¿Qué es lo que nos sana? Entre espiritualidad y terapia). Herder, Freiburg 2006.
(1)
Naranjo, Claudio. Entre meditación y terapia. Ed. La llave, Vitoria 1999.
(2) (3) (7) (8) (9)
Welwood, John. Realization and Embodiment: Psychological Work in the Service of Spiritual Development (Realización y encarnación: Trabajo psicológico en el servicio del desarrollo espiritual) extraído de:
Watson, Gay and others. The psychology of awakening (La psicología del despertar). Rider, London 1999.
(4)