Encontrar el quilibrio entre trabajar "fuerte" y "suave" pero con profundidad
Reto para los psicoterapeutas corporales
Entre colegas y amigos que me he encontrado en algunos talleres y trabajos de grupo de psicoterapia corporal me ha tocado escuchar —e incluso participar— en interesantes debates en torno a la manera más adecuada de trabajar con las técnicas como la bioenergética, la core energética y otras que puede revestir la intervención terapéutica en “mente-cuerpo”.
Uno de los puntos que más me ha llamado la atención y, quizá, el que más me ha invitado a la reflexión —a partir de lo que he vivido con mis pacientes y particularmente pensando en mi propia experiencia como paciente—, atañe al hecho de sí la psicoterapia corporal es o no una manera “fuerte” de trabajar para ayudar a la persona a resolver su neurosis.
De entrada me parece que el término “fuerte”, utilizado para describir el trabajo con la bio y la core energéticas, pone a girar nuestros pensamientos, ideas y creencias en relación al manejo y comprensión misma de lo que los conceptos pueden significar.
En este sentido, sin pretender llegar a concluir una verdad absoluta, mi propósito al escribir estas líneas es apenas reflexionar en torno al uso de estas técnicas de la psicoterapia corporal, así como a qué tan fuerte o suave se puede entender su aplicación, pensando sobre todo en la cuestión de el nivel profundo o superficial al que se puede llegar en una sesión con un paciente. Considero que el trabajo psicocorporal de la bioenergética o la core energética, en comparación con la vegetoterapia o la psicoterapia biodinámica Boyesen donde el énfasis está más en el “permitir” que la energía o la emoción bloqueada fluya espontáneamente y no en el estimular a través de la intervención externa (por parte del terapeuta) para que esto suceda, sí se puede pensar que el hecho de pedirle al paciente que golpee un cojín con una raqueta para sacar su emoción, puede incluso hasta asustar…
Empero, y por principio de cuentas, me gustaría decir que el trabajo corporal ni en la bioenergética, ni mucho menos en core energética, se circunscribe única y exclusivamente al uso de cojines y raquetas para provocar catarsis. Si bien, en ciertos casos, es de utilidad que se descargue la energía contenida (entendida ésta como emoción, verbigracia la ira) a través de uno de los tantos ejercicios de la bioenergética loweniana, ello no significa que sea esta la única forma de ayudar a la persona a liberar o expresar su ira en el espacio de contención y seguridad que es el consultorio. Tampoco el uso del raqueteo se enfoca a movilizar solo ira, sino más bien a movilizar la energía para trabajar con lo que de ello surja. Me parece que Lowen es lo bastante claro cuando menciona que “una persona debería ser lo suficientemente libre para poder expresar físicamente su ira cuando sea apropiado” y también cuando habla del “miedo o tabú que la mayoría de la gente" vemos en expresar emociones “negativas” como ésta.
Trabajar con el cuerpo-mente abarca un amplio abanico de posibilidades que van mucho más allá de lo descrito en el párrafo anterior. Sobre todo, para quienes hemos estudiado y dominamos más de una técnica como puede ser Psicoterapia Corporal Integrativa, Bioenergética, Core Energética, Psicoterapia Biodinámica Boyesen, Vegetoterapia, Integración postural, Hakomi y tantas otras que pueden enumerarse. Me parece que pocos son los psicoterapeutas que se limitan a una sola manera de trabajar. Por el contrario, ésta es una profesión que “obliga” constantemente a estar en formación y perfeccionamiento de nuestros saberes. En suma, el trabajo psicocorporal conlleva por ejemplo explorar con la respiración, con el contacto físico (pienso nuevamente en el masaje Boyesen, la vegetoterapia e incluso sanación con las manos, técnica de Barbara Ann Brennan, etc.), con el movimiento, la autoobservación y reflexión interna (echando mano tal vez de la meditación o la danza, entre otras herramientas). En fin, cada psicoterapeuta podrá tener su modo propio de aplicar lo que conoce para cumplir con la intención principal que debemos tener en esta profesión: ayudar al paciente.
La segunda consideración que podría hacerse del tema en cuestión, caería más bien en el terreno de lo conceptual y de la manera de interpretar las cosas que evidentemente cada quien puede tener. Me explico: Si decimos que el trabajo corporal es fuerte y que podría ser igualmente efectivo sin ser fuerte, o sea, que fuera suave, habría que precisar lo que se entiende por fuerte y luego por suave.
En términos generales, lo suave podría describirse como aquello que se presenta sin asperezas, que es lento y por lento a su vez, entenderlo como moderado… Junto con ello también podemos referirnos a la acción de suavizar, esto es, de hacer que algo se torne suave. Por otro lado a lo fuerte se le asocia con lo vigoroso o lo que está lleno de energía… A lo áspero simplemente se le mira como algo desagradable al gusto o al oído… Y, por último, lo profundo tiene que ver con ir a fondo, o bien, llegar distante, hacia la profundidad.
Y, siguiendo ahora en el terreno de lo conceptual filosófico, podríamos agregar también, parafraseando aspectos de las filosofías orientales como por ejemplo el Tao Te King cuyo principio es la no intervención en los procesos y nos hace ver cómo en la mayoría de las cosas que miramos e intentamos comprender en la vida, tenemos que considerar siempre la cuestión del equilibrio relativo. De ahí rescataría yo igualmente el estilo y la perspectiva de vida taoísta que combina la flexibilidad (yin) exterior con la firmeza (yang) interior para alcanzar un objetivo: “A la contracción precede necesariamente la expansión. A la blandura o debilidad precede la dureza y la fuerza, a la ruina precede la prosperidad, al quitar precede el dar. Es lo que se llama la evidencia oculta”. Bajo ese tenor, podríamos decir que tanto lo fuerte como lo suave tienen su razón de ser al utilizarse como herramientas del trabajo psicocorporal.
Con estos elementos se puede bien aducir lo siguiente: es cierto que el trabajo psicocorporal es fuerte, en tanto que moviliza mucha energía, lo hace de manera vigorosa y pretende, al hacerlo, que la persona se vitalice o sienta la vida en el cuerpo. Tal vez en su forma pueda también parecer áspero, en el sentido de que a veces desagrada oír gritos o llanto… De igual manera es un trabajo profundo pues la tentativa principal es llegar al fondo de las cosas para que la persona tome conciencia de lo que está ahí, obstaculizando su crecimiento y pueda de alguna manera, modificarlo. Sin embargo, no puede decirse que el trabajo psicocorporal no es suave pues también sigue un ritmo, que es precisamente el ritmo del paciente y, también es moderado, pues en ningún momento se lleva al paciente a ir más allá de donde física, mental, emocional y espiritualmente está en condiciones de llegar. Sabemos que si una persona está débil por falta de energía —como suele suceder en un estado de depresión—, lo mejor que podría hacerse, es fortalecer su sensación de energía y vivacidad, lo cual puede suceder al pedirle que contacte con su respiración y deje que su cuerpo realice los movimientos que pudieran surgir de manera espontánea, o bien, proporcionándole alguna técnica de masaje (biodinámica) para fomentar la reactivación del fluir energético. Pero otra forma de llegar a esto puede ser, desde la perspectiva de la bio o de la core energéticas, aplicar una fuente externa de energía que estimule y equilibre la energía mermada. Por lo tanto, no podemos excluir a la bio ni a la core energéticas de lo “suave”.
En este sentido puedo decir que yo mismo he tenido sesiones con terapeutas que trabajan psicocorporal y que me han trabajado muy fuerte, incluso con técnicas como integración postural y en todo momento he sentido que el trabajo ha tenido el ritmo y la intensidad a la que he podido llegar en ese momento y que me han tratado con mucha suavidad y amorosamente. Lo mismo puedo decir con sesiones de vegetoterapia o de Boyesen en las cuales —gracias a la suavidad y amorosidad de los terapeutas— la manera de entrar ha sido “suave” pero las experiencias derivadas por la confrontación con las cosas de las cuales he tomado conciencia o me he dado cuenta durante esas sesiones, han sido igualmente profundas y fuertes…
Tal vez el trabajo psicocorporal si haga uso, en ciertos momentos como veíamos al inicio de este escrito, de ejercicios que implican movimientos y expresiones corporal-energéticos a los que no estamos acostumbrados como puede ser el golpear o el gritar y, que a veces, se podría llegar a la catarsis o a la descarga por medios mucho más “suaves”, pero lo que no debe pasarle ni a corporal ni a otras psicoterapias debiera ser la tentación de suavizar la intervención terapéutica al grado de dejar de confrontar a la persona y de no procurar ir a fondo en la revisión de su neurosis, y evitar así que sane.
Finalizo citando a Lao-tse cuando dice: “En las cosas, ya vayan adelante o sigan detrás, alienten suavemente o soplen fuerte, sean robustas o débiles, duren o decaigan, el hombre perfecto no se cuida sino de cortar lo excesivo, de quitar lo pródigo, y de podar lo exuberante. Al hombre bueno le basta el fruto. No osa violentar nada para obtener más. El fruto sin más urgir, el fruto sin empeñarse más, el fruto sin más pretensiones, el fruto sin forzar más…”. El reto entonces para los psicoterapeutas corporales debe ser, en última instancia, encontrar ese equilibrio entre el trabajar “fuerte” y “suave” pero con profundidad, de tal suerte que se desarrolle la suficiente sensibilidad para aplicar el arte de estimular a la persona que acude en busca de ayuda y hacerlo sin que ese impulso sea violento, al tiempo que se respete el ritmo de su proceso siendo suave, sin caer por ello en una terapia “light” que impida o limite el avance de dicho proceso.
Héctor Frías.
Bibliografía
1.- Lowen, Alexander. Ejercicios de Bioenergética. Sirio Editores,
4ª Ed. Barcelona, 1998, pág. 143
2.- El Tao de la salud. El tema central. S/D. México.
3.- Toledo, Víctor. M. Ecología, espiritualidad y conocimiento,
de la sociedad del riesgo a la sociedad sustentable. “El Taoismo, teoría
de la resilencia y sabiduría indígena”. PNUMA/UIA. México
2003. Págs. 110 y 111.