En honor a mis maestros
Boletín Especial X años Centro Yollocalli e Instituto de Core Energética
Octubre 2003
Es bien sabido que de cada persona, de cada encuentro y de cada situación aprendemos algo. Hace muchos años pensaba que “los otros” tenían que aprender algo, o más bien, aprender mucho. A partir de una crisis de salud grave a los 33 años empecé a entender muy paulatinamente y con muchas resistencias, que yo tenía manos en mis asuntos internos, que yo tenía mucho que ver con lo que pasaba y cómo me pasaba. Se me desmanteló, poco a poco, mi torre de “perfección”, de “falsa seguridad”, de orgullo y de vanidad y de toda mi armadura defensiva, protectora, neurótica. Y aunque siga aprendiendo, día a día, de cada incidente, de cada situación, de cada persona, quisiera dar un lugar especial a los grandes maestros que me he encontrado en mi camino de búsqueda interna. A cada uno de ellos debo algo, o más bien mucho de lo que soy ahora.
Pepe
Cuando entendí entonces a los 33 años, que algo dentro de mi
estaba profundamente enfermo e inclusive me podía llevar a la muerte,
sabía que tenía que hacer cambios esenciales en mi vida. Al
mismo tiempo tenía el deseo de comprender lo que me había pasado
y lo que me estaba sucediendo. Inicié un psicoanálisis frommiano
con el Dr. José Antonio Flores Orama (Pepe), procedente de Mérida
y docente en el Politécnico Nacional en el D.F. Qué dificultad
de “abrir los ojos a la realidad”, de bajar de mis imaginaciones,
fantasías y cuentos armados a un piso rudo, a una tierra dura que dolía,
ver a mis relaciones principales, en las cuales nadie tenía que ser
diferente, nada más, porque yo lo deseaba. Más bien, a la única,
a la que podía yo cambiar era a mi misma y esto con un esfuerzo enorme,
con recaídas y levantadas con guerra feroz y con dulzura suave, tres
pasos para adelante y dos para atrás; ya era suficientemente difícil
aprender a aceptarme en la que era, ni más ni menos.
Con el tiempo entendí un poco más a diferenciar lo que era real
y lo que era mi propia mentira, así como en dónde se empezaba
a abrir una verdad más profunda dentro de mis enredos neuróticos.
Pepe era mi guía, mi testigo impecable, muy inteligente, algo burlón,
con sarcasmo, con un humor en ocasiones muy negro, muy terrenal con un espíritu
libre, de alas grandes pero con los pies bien parados. Me daba la mano en
las caminatas por mis laberintos mentales y emocionales. Cuando yo trataba
de aferrarme a mis conceptos erróneos y quería tirar la toalla,
cuestionando la terapia, me mostró una vez una cajetilla con fósforos
y me preguntó: “¿Qué ves en tu lado?”, al
habérselo dicho, me contestó: “Pues yo veo esto”
y me describió la imagen que él tenía enfrente, que era
distinta. “Es muy sencillo”, dijo, “es que cuatro ojos ven
más que dos, sobre todo cuando miran desde ángulos diferentes;
tu nada más ves lo de tu lado y yo miro lo del otro”.
Otra de sus frases que se me quedaron grabadas, cuando empecé a abrirme
desde mi vida tan estructurada, era: “Vívelo todo, todo lo que
quieras vivir, nada más mantén tus ojos bien abiertos. Si te
pasas de lista, tendrás que pagar un precio. ¡Asúmelo,
adelante!”. ¡Qué importante! Cuando entré a fondo
en mi deseo edípico y a fuerza quería seducirlo, me recibió
con un límite claro, con comprensión y cariño, una que
otra vez analizando y explicándome el asunto psicodinámico subyacente.
Además me dijo: “Te sales aquí del consultorio, bajas
por las escaleras, sales de la puerta y a partir de ahí hay más
de cinco millones de hombres mexicanos, listos para …. Así es
que aquí trabajamos en lo que te pasa, afuera lo puedes vivir y como
hay pocos buenos terapeutas, mejor nos atenemos a lo que tenemos que hacer
aquí”.
Estas frases de Pepe he citado a mis alumnos cuando hemos tratado el tema
de la ética. “Gracias Pepe, por el respeto, por tu aceptación
tan plena de mi, por tu cuidado, por tu humanidad tan sencilla en medio de
tus propias locuras y debilidades, gracias por enseñarme el camino,
gracias por tu gran apertura a todo lo que ha sido y es la vida, a tu sonrisa
irónica que me daba a entender: Hazlo, no temas, si puedes, no pasa
nada, adelante … ¡vive!”.
“Gracias, otra vez, Pepe, blanco de mis más inconscientes y conscientes
transferencias, de mi necedad y de mis deseos infantiles. Me llevaste a caminar
sola, mirándome dar mis primeros pasos, paciente en mis caídas,
sonriente en mis brincos, animando mis expresiones y conteniendo mis locuras.”
Rafael
Cuando llevaba como un año y medio en mi psicoanálisis frommiano,
conocí la bioenergética en un taller con el Dr. Bob Zimmermann
de Nueva York y entendí, que en el trabajo psico-corporal estaba la
salida principal de mis neurosis. En otro taller de un método que se
llamaba “psicomotor” de una doctora de Tampa, Florida, conocí
al Dr. Rafael Estrada Villa. No me cayó tan bien como Blanca Rosa Añorve,
a quien también conocí ahí, y quien trabajaba con él,
pero me llamó la atención que los dos se dedicaban al trabajo
con el cuerpo, así es que fui al Instituto Wilhelm Reich y participé
en los grupos como paciente y posteriormente fui alumna de los dos. Había
un póster en la entrada del Instituto con la imagen de un hombre en
armadura medieval con la frase: ¡Rompe tu coraza! Y se empezó
a “romper” algo dentro de mí. Aprendí o reaprendí
a gritar, a expresar mi tan retenida rabia, mis odios, mis rencores, a pegar
con la raqueta, a patalear, a conectar mis protestas, mis inconformidades,
mis más escondidos resentimientos, me acostumbré a temblar,
a soltar la voz, a llorar, a pelear, a confrontar, a ser confrontada…
Era un remolino de emociones encerradas por años que brotaban hacia
fuera y una que otra vez entrar en las heridas, ser recogida, consolada, tocada
en el cuerpo y en el alma.
Y ahí estaba Rafael, fuerte a mi gusto, feo y atractivo a la vez, provocador,
bravo, valiente para confrontar y para contener. Capté en la primera
sesión que ahí, con bastante certeza, podía llevar a
la práctica mis deseos incestuosos e impulsos naturales, pero como
estaba ocupada peleándome en esta parte con Pepe, me sentí internamente
bastante protegida en la ola de locura de los años 70 que pasaba por
ahí. Gocé los intensivos en la cabaña en las faldas del
Popocatépetl, Rafael el “Padre” con autoridad y coraje,
creativo, innovador, atrevido, sencillo, dirigiendo el caos. Qué curativas
fueron aquellas experiencias. Mi cuerpo recobró vida, salud y fuerza,
mis emociones se abrieron aún con mucha timidez. Mi mente se reconectó
con los sentimientos de mi infancia y tomó otra visión de la
integridad del todo. Mi alma y mi espíritu resurgieron como de un encadenamiento
y anhelaron la liberación y el vuelo.
Entregado a su trabajo, muy atento de ver en dónde se podrían
propiciar pasos de cambio, conocedor de los procesos psicosomáticos,
confiado en los descubrimientos y conclusiones de Wilhelm Reich, Rafael era
un hombre de acción, de instintos e impulsos fuertes, hábil
en llevarnos a vivir experiencias profundas y a descubrir lo más encerrado.
A través de Rafael conocí y vi trabajar a Eva Reich, hija de
Wilhelm Reich, a Gerda Boyesen, a Harish Yohari, a Jack Painter, me metí
en el trabajo de Siddha-Yoga, de psico-imagen, la anti-gimnasia y en muchos
enfoques novedosos más.
“Gracias Rafael, que contigo empecé a reencontrar mi cuerpo,
mi relación alma-cuerpo, mi alegría de vivir, mi fuerza, mi
confianza en los procesos orgánicos y en mi sexualidad.”
Blanca
Rosa Añorve
Fue Blanca Rosa Añorve, quien me inspiró suficiente confianza
para entrar en los grupos del Instituto Wilhelm Reich. Más adelante
también fue ella la que trajo a Claudio Naranjo a trabajar a México
y por primera vez me invitó a trabajar en sus grupos. Aunque en edad
soy mayor, ella ya llevaba un tiempo en camino, y por ser su carácter
dominante, la ubiqué de entrada como “hermana mayor”, ¡qué
maestra!, era de reto, en algunas características parecida a Rafael,
era provocadora, muy valiente, muy atrevida y sumamente capaz. Tomé
series de sesiones individuales de “masaje reichiano”, de “integración
postural” con ella y a través del tiempo disfruté de su
propio cambio de incluir cada vez también lo suave en su trabajo. Lo
tengo muy claro, que sin el trabajo “duro” o “fuerte”
no estaría donde estoy ahora. Desde mi experiencia considero que el
trabajo psicocorporal únicamente suave no llevaría a los mismos
resultados. Creo que es importante saber trabajar con las dos maneras. Hay
momentos si uno no se atreve a “romper los bloqueos”, a lo mejor
seguirán ahí para siempre y si hay momentos en que es más
adecuado ayudar a que se “derrita” la defensa sin presión
dura. Blanca me enseñó a no tener miedo, ni a la entrada fuerte
ni a la suave. Las dos tienen una razón de ser y no he conocido a nadie
más que como ella, con tanta seguridad de saber, de intuir la manera
justa que un organismo puede recibir, haya facilitado el abrir de corazas
y de armaduras.
¡Qué ojo clínico!, ¡qué certeza en diagnosticar
e ir directamente al asunto en cuestión! He tenido mucha admiración
por Blanca de cómo capta lo que hay que hacer, tanto en trabajar corporalmente
como en confrontar actitudes o creencias y procesar material emocional. Es
mi hermana del alma, compañera en el camino, siempre lista para entrar
a trabajar. Esta combinación de fuerza y ternura me ha conquistado,
estas manos que saben hacia donde moverse, cómo entrar al cuerpo y
cómo llevar a la persona a la integración.
“Gracias, muchas gracias por haberme tomado en tu corazón. Recuerdo
una sesión en tu casa en Tepoztlán donde me sentía desde
mi yo crítico tan avergonzada y ridícula de querer cantar una
canción infantil en alemán (estaba en una regresión a
los 3 ó 4 años) y me animaste con mucha ternura e interés
verdadero de hacerlo, que finalmente te creía y en medio del llanto
empecé a hacerlo, sentí tu protección, tu contención,
tu sinceridad y tu naturalidad que me dieron tanto alivio, me contagiaron
y me sanaron en muchos aspectos. Otro recuerdo tengo de una sesión
en la sierra de San Luis Potosí, en la cual me recogiste como una “gran
madre universal”, tenías tu propia hija contigo, sin embargo,
había todo el lugar que necesitaba, todo el cariño, el tiempo
y espacio … me sentí muy nutrida y llena. Gracias por tu hermandad
incondicional, por tu infinita comprensión de mis lados obscuros, por
tu espíritu de lucha, por tu generosidad de haberme abierto tantas
puertas internas y externas, de compartir conmigo tantas experiencias de fondo.
Te tengo mucho amor, mucho respeto. Eres mi hermana.”
Memo
Por 1978, un poco antes de conocer a Claudio Naranjo, apareció Guillermo
Borja en una conferencia en el Instituto W. Reich. Era una atracción
mutua instantánea y no se nos acababa la plática. Lo volví
a encontrar en mi primera sesión grupal con Claudio Naranjo y a partir
de ahí empezó una intensa relación de vida-terapia, en
donde cada instante era de quitarme el tapete, de sentirme confrontada, animada,
halagada, movida, querida, olvidada, sacudida… Con Memo aprendí
a vivir el presente, el “aquí y ahora”, el pasado “ya
pasó” como él decía. Servía para hablar
de él, para regresar reabriendo heridas mal cicatrizadas, dejar salir
la pus e iniciar una y otra vez una sanación cada vez más de
fondo.
El futuro era un “tal vez”, “quien sabe”, una “ilusión”.
Lo que contaba era vivir el momento, intenso, pleno, sin huida, ni del amor,
ni de la pasión, ni del odio, ni de los infiernos más terribles.
Todo era para vivirlo plenamente. El “Bien” y el “Mal”
ni eran tan opuestos, simplemente eran. Una vez me dijo: “Asume tu odio,
de ahí viene la fuerza”. Más adelante con el conocimiento
de la Core Energética y sus conceptos de la Máscara, del Ser
Inferior y del Ser Superior, esta fase cobró un sentido más
profundo para mí. Lo que Memo más detestaba, era la hipocresía,
de la cual se burlaba con fina ironía y a veces con crudo sarcasmo.
Me enseñó a confiar en mí. Apenas nos conocimos cuando
me invitó a participar y luego a trabajar con él en Real del
Catorce, donde hacía sus intensivos con grupo grandes en la fecha de
Día de Muertos. Caminábamos en la sierra y trabajábamos
al aire libre. “Mañana vas a hablar de la relación edípica”,
me dijo, “No soy psicóloga”, le repliqué, “dale
el tema mejor a D…”. Se reía nada más y me contestó:
“Parece que yo sé más de lo que tú sabes que ti
misma, además, no es tan importante lo que sabes o no sabes, lo que
cuenta es tu presencia”. Aprendí a trabajar con grupos grandes,
a guiar en campos desconocidos, usar plantas para limpias, confrontar mis
miedos en la noche acostada en un cementerio en donde yacían muertos
de todos los tiempos violentos de México, hacer terapia en otra noche
con botellas de tequila, música ranchera en la única cantina
arruinada del pueblo. A Memo le encantaba ver cómo se empezaba a soltar
mi niña interna, traviesa, divertida, atrevida, tímida, necesitada.
Me daba cuerda a soltar las riendas, y yo estaba fascinada de este “Padre”
autoritario con mucha gente y conmigo muy permisivo, animándome a vivir
como quería, apoyándome, confiando en mí, dándole
muchos espacios a las “locuras.”
También aprendí a reconocer mis límites y a poner límites,
en primer lugar a él, cuando se pasaba de soberbio, arrogante y despreciativo
con algunas personas. Aprendí a confiar en mi propia manera de ser,
mi estilo de trabajar, mis valores éticos, a decir “si”
cuando así era para mí y familiarizarme más con el “no”
cuando eso era mi verdad.
“Gracias Memo, por haberme ayudado a abrir mis fronteras, por reencontrarme
con la guerra externa e interna de mi infancia, por no temer de dejarte transferir
el lado oscuro de mi padre y a Hitler, así como permitirme verte tal
cual y como eras: espléndido y grosero, manipulador, mañoso
y simple a la vez, duro y tierno, presumido y sencillo. Me enseñaste
la belleza de la sierra, la vulgaridad de los bares del centro, la sencillez
de la gente en los pueblos y el mundo oscuro de la cárcel de Almoloya,
donde pasaste cinco años en prisión, realizando tu “obra
maestra”, de transformación. Me haces falta, tu muerte me dolió
mucho y traigo dentro de mi, tantos recuerdos, tanta risa, tanta locura, tanta
ternura, tanto placer compartido. Gracias, hermano del alma.”
John
Conocí a John Pierrakos en el verano del año 1987 en el Centro
Trimurti, que es una especie de “Tonalli” en el sur de Francia.
Mi amiga Elisabeth Fitger me inscribió en un taller de Core Energética
con él. John me recordó un poco a Pepe, mi primer analista,
también a mi padre en su constitución física, de baja
a mediana estatura, fuerte, muy presente.
El segundo día trabajó conmigo individualmente frente al grupo,
y todo lo que pensé que estaba más o menos acomodado, dentro
de mí, brotó con mucha fuerza: lo “odié”,
lo “maté”, me dejé contener y consolar y pasé
diez días en un remolino de recuerdos infantiles y al mismo tiempo
ganando cada día más “arraigo”, más contacto
interno y externo y empezando a sentir más conexión entre mi
sexualidad y mi corazón. ¡Qué manera de trabajar con el
cuerpo!, ¡qué profundidad en captar y comprender las conexiones
psicodinámicas!, ¡qué fuerza para entrar en el lugar del
bloqueo, atravesarlo y qué comprensión y cariño para
integrar una experiencia!. Ningún temor a la “sombra”,
al “Ser Inferior” como él decía, al contrario: invitarla
a salir a la luz, provocarla para que se dejara ver, comprometernos en responsabilizarnos
de ella, asumirla, reconocerla, aceptarla como parte de nosotros y preparar
el camino para transformarla en luz. “Conciencia y energía tienen
que ir de la mano, hay que trabajar íntegramente con estas dos fuerzas
universales, ni la una sin la otra”, decía Pierrakos al entrar
profundamente en estas oscuridades internas, al poder soltar algo de ellas,
contacté con mi “Ser Superior”, con mi parte amorosa, sabia,
sencilla, tierna y con el fondo de lo que John llamaba el “Core”,
este núcleo, esta conexión divina interna que todos tenemos.
Capté que en este hombre, de origen griego, había una decisión,
una voluntad interna, una fuerza y una integridad en trabajar en los niveles
cuerpo-emoción-mente-voluntad-espíritu con énfasis en
el cuerpo, que aún no había conocido y de la cual quería
aprender.
Al año y medio iniciamos el primer entrenamiento de Core Energética
en México, al cual han seguido ya varias generaciones; hasta su muerte
en el año 2001 y a partir de ahí hemos continuado su trabajo
en la Fundación Internacional de Core Energética con su espíritu.
Fue un privilegio asistirlo en todos los entrenamientos, traducirlo, verlo
trabajar de cerca, apoyarlo, escucharlo, dejarme tocar por su profunda misión
de poner su parte en dejar este planeta un poco más consciente, un
poco más amoroso. En septiembre de 1993, hace 10 años nos honró
con su presencia en la inauguración de este Instituto, cortó
junto conmigo el listón, recorrió toda la casa y dirigió
unas palabras muy conmovedoras a todos los presentes.
Transferencialmente ya no me sentí como la niña necesitada,
tampoco ya como la adolescente rebelde y confusa, me encontré más
en la joven adulta que había perdido a su padre en un accidente a los
21 años y ya no había podido reparar con él en vida.
Disfruté estar en presencia de John, atenderlo, cuidarlo, llevarlo
en coche, escucharlo en las comidas cuando me platicaba de su infancia en
Grecia, de la historia del viejo mundo, de sus valores, de filosofía,
de ciencia, de sus creencias espirituales, de su gran amor: Eva, de sus pérdidas,
de sus problemas y yo tenía espacios de abrirme en todo lo que era
mi vida, mis alegrías, mis conflictos, mis ideas. Me sentí muy
en el presente con él, atendiendo mis funciones, compartiendo días
de profundas enseñanzas y al mismo tiempo reparando más mi herida
de la pérdida de mi padre, teniendo en él una figura paterna
con la cual podía medirme, discutir, estar de acuerdo en algunas cosas,
diferenciarme en otras. Fue un cariño mutuo, fueron metas en común,
una tarea compartida y también ver que él vivía su vida
y yo la mía. Los encuentros eran para mí como inyecciones de
amor, de reconocimiento, de confrontación, de fortalecer mi arraigo
terrenal y espiritual.
Un aprendizaje muy fuerte e importante fue también a través
de sus debilidades, por las cuales lo odiaba a veces y sentía mucho
dolor, pero llegué a comprender más a fondo que todos tenemos
luz y sombra y si me quedaba aferrada en sus lados de sombra tampoco no salía
de las mías, así es que quería dar el paso a confrontar,
a aceptar y ver que la realidad del otro no es necesariamente la mía
y que al mismo tiempo era importante poder ver toda la luz y lo positivo en
él.
Crecí mucho en estas convivencias con John, dándome cuenta con
más claridad de lo que quería desde el fondo de mi corazón;
mi espíritu encontró más transparencia corporal para
manifestarse y el amor y la sexualidad con más fuerza se unieron. Medio
año antes de su muerte, cuando vino la última vez a México,
dio una conferencia en el Instituto con el tema: “El terapeuta de Core
Energética como co-creador de la evolución”. No tocó
una vez más el corazón y con mucha fuerza interna, cerca ya
de los 80 años de vida, nos dio su visión de que el amor es
lo más esencial que dar, por encima de todo lo demás.
“Gracias John, por tu incansable insistencia en aspirar lo más
alto, por nunca descuidar los demonios internos, por siempre ver con el corazón
abierto y por reconectarte con él después de momentos o etapas
de miedo, confusión, negatividad, inconsciencia y enganches. Gracias
por dejarme ser tu “hija” en crecimiento que no solamente recibía
sino que también daba con gusto. Dejaste huellas profundas en mí
y en muchas de mis amistades, en colegas y alumnos. Gracias por tu gran capacidad
de amar y de entregarte.”
Claudio
Conocí al Dr. Claudio Naranjo a fines de los años 70 en casa
de Blanca Rosa Añorve, en una sesión de grupo. Lo percibí
como un “viejo sabio”, un poco raro, con una mirada profunda,
que hablaba poco y menos de cosas profanas o triviales. Hasta ahora me sigue
llamando la atención, cómo Claudio no pierde ni una sola palabra
en “small talk”, en “cortesías superficiales”
o en “pláticas superfluas”. Aprendí a su lado el
ir más al grano cuando quería expresar algo y a soltar un poco
más el “qué dirán de mí”.
Trabajábamos en “maratones”, con música, con confrontaciones,
con meditación, con espacios libres, con Gestalt. Claudio nos trajo
lo novedoso del “human potentional movement” –movimiento
del potencial humano- a México, nos introdujo en el trabajo del “Fischer”,
esta profunda integración interna a través del trabajo con los
padres; nos enseñó el Eneagrama y hasta hoy en día, después
de más de 20 años de trabajo con esta caracterología
antigua, me sigue sorprendiendo e intrigando la posibilidad de crecimiento
a través de este protoanálisis.
Qué regalo me ha hecho con la música en sus sesiones, conferencias,
talleres y sus conciertos de piano. Esa manera suya de escoger las piezas
e introducirlas en algún aspecto en el trabajo terapéutico -
meditativo, o simplemente gozarlas me ha dejado profundas huellas de contacto
con mi propio ser y con los demás. Recuerdo aquella vez en una meditación
en uno de los SAT’s en España, cuando las cornetas tibetanas
se adentraron en mi organismo haciéndome vibrar y temblar, se transformaron
en las trompetas y tambores de las marchas, en el retumbar de las botas negras
de los soldados que veía marchar hacia la guerra cuando era niña;
esa experiencia me hizo estremecer y estirar mi cuerpo, sorprendiéndome
al notar que la sensación de la guerra ya no estaba en mis entrañas
sino que había salido hacia la piel. Estaba ya nada más en mi
piel, comencé a carcajearme al ver que ahora salía por mi piel.
¡Qué alivio, alegría y paz!
Todas mis primeras experiencias con Claudio, me ayudaron a indagar profundamente
en mi pasado, de entrar en lugares que hubieran sido muy difíciles
de alcanzar en otros tipos de terapia. No hacía ni decía mucho
en esas sesiones, estaba ahí, a veces un gesto, unas palabras, a veces
estaba muy atento, a veces cansado, pero ahí estaba, sumamente permisivo,
sin juzgar, suavemente sugiriendo esa o aquella cosa que resultaba en algún
tipo de descubrimiento. Y ahí le seguíamos siempre: Blanca,
Cherif, Guillermo y yo, la demás gente variaba, eran espacios de libertad
al sumergirnos en nuestras locuras, en vivir desde lo más absurdo y
rebuscado, cuyo sentido profundo no tardó en aparecer pronto, hasta
lo más sencillo y obvio cuyos espejismos nos tocaron en el ego y en
el alma.
Mi “transferencia” con él se movía entre mamá,
papá y abuelo. Le sentía un poco distante, permisivo y tranquilo
como mi madre, distante y distraído en sus libros, en sus pensamientos
y en su música como mi padre (aunque su carácter era muy diferente)
y del abuelo materno que ya no recordaba (falleció cuando estaba por
cumplir los tres años). Le iba la descripción que hizo mi madre
de él, un hombre recto, inteligente, justo y reflexivo.
Cuando Claudio hablaba de meditación, de las grandes tradiciones espirituales
o de conceptos esotéricos acerca de la vida y de la muerte, yo no entendía
casi nada. Seguía ahí, en gran parte por la hermandad con mis
compañeros: Blanca en su seguridad, su fuerza y su certeza de que ahí,
a lado de Claudio, estaba el camino; Guillermo en su belleza, su locura y
su impulsividad probando sus límites; Cherif y yo que necesitábamos
de esas dos figuras de hermanos mayores que nos hacían, a veces, de
mamá o de papá, que siempre estaban en el reto, la intensidad
y el entusiasmo que nos conectaba o reconectaba poco a poco con nuestra propia
fuerza vital que estaba más escondida y retenida. Claudio llegaba dos
o tres veces al año y cada vez era una sacudida de emociones, de confrontaciones
con lo más oscuro de nuestras entrañas y de empezar, cada vez
más, a vislumbrar la luz de nuestro espíritu.
Estos primeros diez años, aproximadamente, fueron un remolino de sacar
a la verdad, los celos y las envidias, hacer conscientes las motivaciones
tan infantiles, recoger los fragmentos de fuerzas tapadas, así como
entender y aceptar paulatinamente a la familia original y el propio carácter.
A partir del año 1987, Claudio me invitó a participar en el
equipo de terapeutas en el SAT que se inició en Babia, España.
¡Qué intensidad de trabajo en todos los niveles! En una experiencia
muy profunda (fuera de “horarios de trabajo”) en la cual sentí
mucho dolor, Claudio llegó a mi cuarto. Primero su llegada me causaba
pena, por mi reacción tan fuerte y mi niña interna estaba tan
suelta, lastimada, que seguía en el dolor. Claudio se quedó
un buen rato sentado ahí y aunque internamente empezara a entender
que todo esto era un asunto de mi herida infantil con mi padre, no me cansaba
de llorar. Luego me calmé un poco y sentí muy reconfortante
que él, quien tenía tantas “cosas importantes por hacer”,
se quedaba ahí con mucha paciencia conmigo, en mi intenso dolor. Lo
sentí muy cercano, me sentí aceptada y contenida, no me analizó
ni me interpretó, fue como si me regresara el derecho a sentir y expresar
mi propia locura, mi verdad, fuese la que fuese, tomase la expresión
que quisiese y el tiempo que durase.
En otro momento, en una meditación profunda me venció el sueño
y entre la resistencia y el cansancio, que parecía ser el cansancio
de toda mi vida, de mi “ego-go”, de mucha acción, de no
parar, me dejé vencer con las palabras internas: “No tengo que
hacer nada.” Ese ha sido desde entonces un lema interno, que me surge
de repente en medio de tanta acción y de tantas ocupaciones que me
busco. Me ha ayudado a vivir y a trabajar con más soltura, más
ligereza y más amor hacia mí misma y hacia los demás.
Claudio me dio la oportunidad de hacer un retiro espiritual de 10 días
bajo su conducción en el verano de 1993 en España. Otra vez
me sentí un día en una situación de no querer o poder
continuar con lo acordado. Mi angustia me atormentaba, de “fallarle”
o “no llenarle sus expectativas”, cuando finalmente aceptó
una solución intermedia, sentí un gran alivio. No siempre es
“todo” o “nada”; su flexibilidad me conmovió
en mi rigidez y sentí nuevamente cómo su permiso y el mío,
me abrieron puertas hacia lo profundo en el corazón y en el espíritu.
Poco a poco me empezaron a gustar los espacios de meditación; como
daba muchas formas diferentes de meditar, era un probar y explorar. La meditación
con música me abrió el gusto y la profundización en ella,
con el Zen aprendí a sentarme y a contenerme, en el Vipassana se conectó
esta sabiduría interna de que “todo lo que pasa, tal cual como
pasa, está bien”, no hay que seleccionar o preferir nada, ni
rechazar nada, las cosas son.
En todos estos años, fuera de las experiencias con él no he
meditado mucho, sin embargo, he adquirido una actitud más meditativa
ante la vida, más aceptación de la realidad, sea la que sea,
así como se ha fortalecido esta sensación de estar conectada
más desde el corazón con los demás y con las fuerzas
divinas universales.
Un puente extraordinario entre la psicoterapia y el mundo espiritual, han
sido para mí sus meditaciones interpersonales. ¡Qué fuerza,
qué contacto profundo he encontrado ahí conmigo misma y con
el otro! El estar conmigo misma y al mismo tiempo sostener esta actitud de
paz, de neutralidad ante otra persona, ver y dejarme ver, dar y recibir, ha
sido un aprendizaje profundamente valioso, no únicamente en ser terapeuta,
sino en todas las demás relaciones humanas partiendo de la interna
que sostengo conmigo misma. Antes, mientras que otra persona hablaba, yo ya
tenía mis críticas o juicios establecidos, ansiosamente esperando
que terminara para poder hablar yo, o en ocasiones también oía
pero realmente no escuchaba lo que decía. Las meditaciones interpersonales
me han ayudado mucho en transformar mi manera de estar con otros seres humanos:
fue un viaje del “yo o tú” al “yo y tú”,
del “me cierro” o “me vacío en ti” al “estoy
conmigo y estoy contigo”, “lo tuyo vale y lo mío vale”,
“lo tuyo es como es y lo mío también”. Ahí
está la conexión, no hay nada “más” o “mejor”
en ningún lado. El otro no me saca de mi centro y lo miro sin intención
de nada, más que la de estar presente desde donde estoy.
En estas meditaciones ya he participado con él durante muchos años.
Siempre han sido experiencias nuevas y reveladoras. Sus palabras antes, al
principio o durante las experiencias, nunca son las mismas. Cada vez que hemos
hecho el mismo ejercicio, da alguna explicación diferente, marca algún
punto en especial para prestarle atención, menciona algún matiz
nuevo en qué fijarse. Siempre son encuentros frescos, siempre son únicos.
Es un entrar al fondo de uno mismo, permitir un intercambio verbal o no verbal
sutil desde ahí, dejar al otro dentro de su espacio y sentir el pertenecer
juntos a un más allá de esta dimensión. Su voz y sus
palabras han sido el vehículo que abre este camino, que señala
las facetas correspondientes y han hecho resonancias dentro de mi alma que
ha querido florecer ante mí misma y en el contacto.
En tantos años de conocerle nunca he sentido ninguna presión
de su lado. Yo venía de la cultura del norte de Alemania: los padres
marcados y aliviados a la vez por la derrota del Tercer Reich, mi ciudad en
escombros y cenizas, había crecido entre las angustias de mi madre,
las frustraciones de mi padre, bombardeos, escasez de lo básico para
la vida. Después de terminar la guerra comenzó la reconstrucción
con el lema: ¡Trabaja!, ¡No sientas!, ¡No mires atrás!
Acarreaba el frío y la dureza del clima y del ambiente en los huesos,
la rigidez en la mente, el sobreponerme a todo con la voluntad y un inmenso
anhelo en el alma de liberarme de algo que no podía ni definir lo que
era.
Su visión de la psicoterapia y del camino espiritual, como un mosaico
de técnicas y de métodos me ha gustado sobremanera. Varios maestros
que he conocido predican que su propio método es el único, es
el mejor e ignoran o desprecian todos los demás caminos. Tal vez no
tiene caso querer abarcar el todo de las opciones posibles, pero en mi experiencia,
la diversidad de métodos ofrece matices distintos para derretir o romper
los bloqueos y las defensas, para indagar en las profundidades infernales
y para transformar creencias, imágenes y negatividades en actitudes
más realistas, más adecuadas a las situaciones del presente
y acciones más positivas hacia la vida.
Su apertura hacia diferentes caminos de crecimiento me atrajo y me ha señalado
que nunca existe sólo una solución posible para todo, para todos.
Algunos métodos me llaman más la atención que otros,
veo más resultados, van más con mi carácter, sin embargo,
veo que otras maneras de trabajar más lejanas a las mías llevan
igual o mejor, a veces, hacia el desarrollo. Con su actitud tan curiosa y
atenta hacia viejos y nuevos métodos terapéuticos y espirituales,
aprendí a respetar los distintos enfoques de crecimiento, a mantenerme
abierta hacia nuevos conocimientos y prácticas y al mismo tiempo, seguir
profundizando en aquellos preferidos que me han resultado gustosos, útiles
y eficientes.
El SAT me parece la obra maestra de Claudio. Cada SAT en el que he participado
tanto como discípula como de colaboradora, ha sido único en
su experiencia.
En marzo de 1994 en una de sus venidas anuales a México, nos dio una
conferencia en el Instituto: Males del Mundo, Males del Alma – El Eneagrama
de la Sociedad – y bautizamos el lugar con su presencia. Fue un evento
muy conmovedor y muy aplaudido. “Gracias Claudio, por todo lo que he
recibido de ti, por tantos años de aprendizaje.”
Su autoridad ha sido benéfica para mí, siento amor y cariño
por él, mucha admiración por su maestría psicológica
y espiritual, siento un gran respeto por su camino andado, así como
por su entrega al enseñarnos y guiarnos. Siento alegría conforme
se acercan los días para volver a verle y al despedirnos regreso a
mi casa llena de experiencias valiosas, estímulos, contactos disfrutados,
algunos asuntos por tratar y cada vez más una sensación de plenitud,
de paz, de amor y de comprensión por mi misma, por mis seres queridos,
por él, por el trabajo realizado y por los demás seres en esta
tierra.
Ahora que finalmente iniciamos también el programa SAT en México
veo con mucha claridad los frutos de todo lo que ha sembrado, que hemos sembrado
en equipo y que seguimos sembrando y cuidando.
“En la despedida del último SAT me vino la imagen de ti, Claudio,
como mi abuelo materno, ¿transferencia infantil? o más bien
una visión interna del maestro espiritual cercano, de familia y una
sensación llena de alegría, plenitud, felicidad y amor.”
María
A fines de los años 80 estaba rentando un espacio en Polanco para un
curso. Un día vi anunciado que la Dra. María Abaac, trabajaba
ahí, jungiana, mexicana, que había estudiado en Zurich y había
vivido años en Suiza. Después de años en procesos psico-corporales,
tenía ganas y curiosidad de seguir un trabajo analítico. Como
soy de origen alemán y en este tiempo ya estaba viviendo más
de 20 años en México, pensé que podría ser fructífero
trabajar con una mujer que de alguna manera lo había vivido al revés
que yo, siendo ella de México y haber pasado años en Europa.
Luego me comentó alguien que ella trabajaba muy bien, pero que era
“fuerte, dura y arrogante.”
No me pareció tan mal la descripción y me hice una cita. Desde
mi propia arrogancia también pensé que ya había trabajado
mucho y a ver pues, qué me podría enseñar. Desde mi ser
más interno sentí necesidad de querer trabajar con una mujer
mayor que yo, sabia e inteligente. Me cayó muy bien, llenó mis
expectativas desde el principio. Me dio hasta algo de miedo de encontrarme
a una persona que era en algunos aspectos mucho más rígida y
disciplinada que yo, muy segura de sí misma con un cierto aire de grandeza
y altivez. Al mismo tiempo la sentí muy atenta, a lo que yo hablaba,
muy en contacto con lo que pasaba, muy reflexiva y muy empática. Sin
embargo, no era esta empatía de la que a mi gusto se peca a veces en
Desarrollo Humano, dándole demasiado por su lado al cliente y poniendo
“la verdad” del cliente encima de todo. No, ella me cuestionaba
mi supuesta “verdad” y me invitaba a descubrir de qué lado
oscuro de mi alma a veces venía.
Tenía con el tiempo la sensación de que mi mente, mi alma y
mi espíritu podían expandirse hacia donde quisieran, podían
indagar en los rincones más profundos de mi cuerpo sustrayendo el material
que fuera, todo fue bien recibido, aceptado, comentado y confrontado a la
medida justa.
Me he sentido contenida como tal vez nunca en mi vida. Qué alivio,
encontrar una mujer que había caminado mucho, en unas áreas
muy afines a mí, en otras muy distintas. Después de tantos años
de trabajar en mi “liberación”, de haber ido muchas veces
al otro lado del péndulo: de la sumisión a la rebeldía,
de la represión al rompimiento de demasiados límites, a los
no-límites, oscilando frecuentemente entre los dos extremos, estaba
ya más dispuesta y lista de encontrarme más en mí centro.
Me ha gustado mirar de fondo los asuntos de amor, de entrega, de humildad,
de armarme de valor para tomar con más naturalidad mi lugar como amante,
esposa, divorciada, madre, abuela, amiga, profesionista.
La creación del Instituto se consolidó en estos primeros años
de trabajar con María. Me he sentido muy apoyada en no sacarle a la
responsabilidad que significaba hacerlo. Me ubicó en no hacerme ilusiones
y no pintarlo ni de color rosa, ni de negro; sino revisar y analizar día
con día la realidad en todos sus detalles, a veces bella, a veces difícil.
No ha sido fácil ser un centro de atención y de transferencias
de tanta gente y sostenerme en mi propio centro. Ha sido y sigue siendo muy
confortante tener un espacio y una persona que con la suficiente objetividad,
serenidad, sabiduría, humor, firme en sus valores y su ética,
sabe escucharme también entre mis palabras. Sabe reírse cuando
una parte infantil dentro de mi en alguna situación difícil
quiere convencer a mi yo consciente y a ella, de salirse con una solución
fácil, inadecuada, menos amenazante, tal vez más popular, pero
inmadura, condescendiente o indulgente conmigo o con otra persona. En general
ya soy yo misma que al exponerlo me doy cuenta, que “así no se
vale”, que hay que hacer las cosas lo mejor posible, con responsabilidad,
con conciencia, no traicionando mis valores, mis convicciones internas, no
caer en actuar o no actuar por el miedo de perder el cariño de alguien.
Siento que María representa y refleja mi lado más sabio, que
en el fondo sabe cómo necesita ver y cómo actuar y se resiste
a veces pagar el precio de la madurez: estar sola en una decisión difícil,
invertir más tiempo y energía para tener un resultado satisfactorio,
sacrificar la comodidad del momento para un fruto más duradero. También
me ha enseñado a aceptar con más comprensión mis errores,
a admitirlos, pelear cuando es indispensable y también a tener compasión
tanto conmigo como con el otro.
“Gracias María, por la seguridad que me has transmitido y por
la honestidad de compartirme tus propios temas de trabajo, gracias por tu
espíritu de mujer muy activa y receptiva a la vez, que sigue confrontándose
a sí misma.
Tu comprensión, tu compasión, tus ojos indagantes y tu presencia
tan entera, me han llevado y me siguen llevando más hacia mí
misma, de llevar mis tareas en esta vida con más responsabilidad y
amor, de pararme más derecha frente a lo que sea, y a inclinarme ante
mis errores y fracasos con más humildad.”
Ilse
Kretzschmar