Espiritualidad y Cuerpo
En la cultura occidental hemos crecido con la idea de que el mundo espiritual
está en algún otro lugar que no es nuestro mundo físico,
que para “alcanzar” a Dios es necesario dejar de ser humanos y
convertirnos en “seres espirituales”, que la “iluminación”
está reservada para unos cuantos seres (muy pocos), que logran entre
otras cosas, deshacerse del Ego y del cuerpo. Desde nuestra mente humana y
su limitada capacidad para entender el mundo espiritual, hemos pretendido
que es posible dividir nuestra experiencia en: mente, emociones, cuerpo y
espíritu. La división más clara que experimentamos como
real es la de la mente y el cuerpo y hemos sido advertidos de no confundir
la “carne” con el espíritu.
¿En dónde esta esa división? En realidad es imposible
separar la experiencia, de hecho, en ese intento hemos reprimido, confundido,
intentado negar con poco éxito, algunas partes de nuestro Ser, teniendo
como resultado gran confusión interna y enfermedad. Una de las creencias
distorsionadas más grandes con la que hemos crecido es la idea de que
no somos perfectos y desde ahí creamos imágenes mentales de
nosotros mismos a las que después buscamos acoplarnos generalmente
sin resultados satisfactorios, nunca logramos llegar a la perfección
que puede imaginar nuestra mente y que, por lo general, implica moldear o
seleccionar aspectos de la perfección con la que fuimos creados.
Desde mi punto de vista, la manera más directa de experimentar la divinidad
está precisamente en nuestro cuerpo, la experiencia mística
es una experiencia total del ser, el cuerpo más que la mente es precisamente
la manifestación de nuestro Ser. Con la mente fragmentamos, dividimos
y catalogamos, pero la experiencia espiritual es un estado físico,
mental, emocional y espiritual, todo sucede al mismo tiempo, no hay separación,
más que entre lo que somos concientes y lo que decidimos mandar al
inconciente y no reconocer como parte de la experiencia.
Desde el punto de vista de la Core Energética, la experiencia espiritual
a nivel físico se traduce en capacidad de placer, el placer es la manera
en que el espíritu se manifiesta en el cuerpo.
Eva Pierrakos lo expresa de la siguiente manera: “Éstas, aparentemente
dos experiencias – la autorrealización espiritual y la capacidad
para el placer – se vuelven una y la misma. Solamente cuando seas capaz
de alcanzar el punto en el cual logres abrir el flujo interno para remover
todas las obstrucciones y bloqueos (físicos), de manera que experimentes
un alto grado de dicha, serás capaz de entender que el placer humano
es esencialmente lo mismo que el estado cósmico de éxtasis,
que el placer espiritual y físico son uno, y no son opuestos.
El placer en el sentido real, es intensamente físico e intensamente
espiritual. No existe división alguna entre el estado carnal y el estado
espiritual. La dicha o el éxtasis divino es el estado natural del ser
unificado en armonía consigo mismo y el universo”*.
Una imagen que me ha ayudado a comprender el principio espiritual y su manifestación
terrena es la siguiente: así como las células de nuestro cuerpo
son agentes individuales con una función específica (e incluso
tal vez con una conciencia individual), son al mismo tiempo agentes que trabajan
por el equilibrio y funcionamiento del cuerpo en su totalidad, cuando por
alguna razón, llamémosle patológica, alguna o algunas
de estas células deciden separarse del funcionamiento total y operar
por su cuenta, surge la enfermedad.
De esta misma manera podríamos considerarnos a nosotros mismos como
células de este Ser llamado tierra, cada uno con una función
específica y otra que opera como parte de este organismo completo,
de ahí, podemos también visualizar la tierra como un Ser conciente
que es célula de el sistema solar que a su vez es célula de
una galaxia que a su ves es célula del universo. No Existe ningún
lugar de la creación que no contenga la esencia espiritual.
Todo acto es sagrado, cada acción pensamiento, sentimiento y sensación
que experimentamos es parte de la conciencia universal, el cuerpo, la sexualidad,
el deseo, y las necesidades físicas, por supuesto que no están
exentas de este orden. Así tampoco debemos de olvidar que el espacio
terapéutico y el trabajo con nuestro cuerpo, es también un espacio
sagrado.
Mónica Herrera M.N.
*Eva Pierrakos. Conferencia del Guía No.177, 7 de noviembre de 1969. The Pathwork Foundation (Edición 1996)